El Hombre de Amarrillo
Al encontrarte con un personaje tan
peculiar, como era el caso del hombre de amarillo, no era de extrañar
que uno se sintiera incómodo, un tanto fuera de lugar. Pues
cualquiera que se acercara lo más mínimo al alcance de su mirada
era capaz de concienciarse de su imponente presencia.
Era ya muy entrada la noche cuando me
crucé con él; mi corazón empezó a palpitar cual los tambores que
anuncian la llegada del invitado de honor a la fiesta. Pues así me
sentía yo, teniendo en cuenta su aire de divinidad. Aún así, el
miedo me hizo retroceder, como si hubiera una parte de mí que
quisiera evitarlo.
La verdad, mi corazón y todo mi ser se
quedó abatido, con la esperanza de encontrar a la bondad
personificada. Mis ansias de la verdad estaban al límite,
rebosando, a punto de estallar.
Me desperté sudando, sin entender
nada de lo que ocurría. Había sido un sueño, nada era real; nada,
excepto mis sentimientos. Desde aquel día, mi vida cambió
radicalmente. Me sentía con la obligación de aspirar a algo
grandioso, algo que no es de este mundo, cuya entrada lo anuncia la
muerte. El hombre de amarillo me había enseñado, de alguna forma, a
amar a los demás.
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