domingo, 9 de octubre de 2016

Bailar acompañado!


“Jamás una persona  es demasiado vieja para recomenzar su vida”. Eso es lo que pensaba Julio. Tenía 88 años, aunque a pesar de su experiencia, nunca había encontrado, como se suele decir, el amor de su vida. Él  estaba estupendo, es decir, cada semana acudía a sus clases de baile, paseaba... Disfrutaba de la vida, en otras palabras.
Aquella mañana de Octubre, las hojas de los árboles habían empezado a bailar hasta caer en los suelos. Se encontraba en el metro de Madrid, sentado en una de las sillas descascarilladas por viejas, al igual que él. Contemplaba el paisaje, algo que solía hacer a menudo. Eran jóvenes, preparados para ir al cole, todos mirando a las dichosas pantallas. Entonces, entró una señora cansada por el excesivo peso que llevaba a cuestas. Una mujer alta y debilucha, con unos ojos tiernos como los ángeles. Nadie estaba dispuesto a cederle su asiento. No se lo podía creer. Él lo hizo, y al saber que bajaban en la misma estación, también le ayudó a llevar las pesadas compras a su domicilio. Era una mujer preciosa y a la vez curiosa. Algo se había movido en el interior de sus sentimientos, pero nada podía hacer.

Dos días después, una nota se encontraba en la puerta roja de su casa. “Con las compras que me ayudaste a subir, te he preparado este delicioso bizcocho. Espero que te guste.”
Julio se casó por tercera vez con esa mujer, tres meses más tarde de lo ocurrido, a pesar de la diferencia de edad. Bailaban todas las tardes hasta que la luna aparecía entre las nubes. Había conocido la completa felicidad.


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